Con el corazón apuntando al sur | Servicio Meteorologico Nacional.

Con el corazón apuntando al sur

Autor: Laura Aldeco




Eugenia Kalnay es una meteoróloga argentina cuyo trabajo fue fundamental para la mejora de los pronósticos numéricos del tiempo. Inició su carrera en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEN) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero una serie de hechos oscuros de nuestra historia la impulsaron a emigrar muy joven y continuar su carrera en Estados Unidos. Allí fue becada en el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT por sus siglas en inglés), en donde se convirtió en la primera mujer en obtener un doctorado en Meteorología. Si bien intentó un retorno a su querida Argentina, los años turbulentos de la dictadura de los 70 la hicieron desistir y volver a partir, primero a Uruguay y más tarde a los EEUU. Una vez allí, no le costó mucho insertarse en el mundo laboral del país del norte: trabajó en la Administración Nacional Aeronáutica y Espacial (NASA por sus siglas en inglés), a cargo del área de Pronóstico Numérico desarrollando un modelo de pronóstico numérico global. Años más tarde trabajó como directora del Centro de Modelado Numérico en la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA por sus siglas en inglés) y luego fue directora del Departamento de Meteorología de la Universidad de Maryland.

Eugenia, quien recibió numerosas distinciones, es una apasionada de la meteorología, nunca se quedó quieta y continúa trabajando en proyectos para mejorar los pronósticos del tiempo. En esta nota tenemos el honor de entrevistarla y hacer un repaso de su vida dentro de la meteorología y en sus propias palabras.

¿Cómo eligió la carrera? ¿Siempre le gustó la meteorología?
En realidad, empecé a estudiar Física en la FCEN, lo que me llenó de alegría porque estudiar ciencias en la facultad me gustaba mucho. Mi mamá, que era viuda y de pocos recursos, leyó en el diario que el SMN iba a crear una competición de becas para estudiar y competir por trabajar ahí. Mi mamá correctamente pensó que sería más fácil conseguir trabajo como meteoróloga, ya que estaban buscando estudiantes de la carrera. Así que tuve la suerte de que mi mamá me haya cambiado de carrera, sin preguntarme, algo que nunca tuve que lamentar, sino todo lo contrario, el resto de mi vida. En realidad, nunca hubiera pensado que iba a salir bien en este examen muy competitivo, pero resultó, para mi gran sorpresa, ¡que salí primera en esa difícil competición!

¿Cómo fue su experiencia como estudiante de meteorología en la UBA durante los 60?
Fue maravillosa. Los profesores eran buenísimos, clarísimos, y nos enseñaban muy bien. Yo estaba muy feliz, pero todo eso cambió con el golpe militar en 1966, que lo destruyó todo. Nos fuimos de la Argentina tras esto. Después de conseguir mi doctorado en el MIT, queríamos volver al país, pero los militares todavía gobernaban, y entonces nos fuimos al Uruguay, que tenía todavía democracia. Los uruguayos también eran muy buenos con nosotros, y pasamos dos años felices hasta el golpe de estado en 1973 en Uruguay. Así que con mi esposo, Alberto Rivas, y mi hijo nos volvimos a Estados Unidos, donde mi marido consiguió una pasantía en el Departamento de Lingüística, y tuvo la increíble oportunidad de que el profesor Noam Chomsky lo conociera y lo aceptara como alumno ese mismo año. ¡Así que Alberto Rivas hizo su doctorado en lingüística con Chomsky!

¿Cómo fue su primera aproximación al modelado numérico?
Empecé a trabajar en la FCEN, como ayudante en matemática y física. Me gustó mucho la oportunidad que me dio el SMN de aprender a largar desde la superficie radiosondas a sus alturas máximas. Mi primera aproximación al modelado numérico fue en la UBA, con la computadora llamada Clementina, la primera de Latinoamérica. Teníamos que escribir todos los programas en cintas de papel perforado.

¿Qué la motivó a irse a otro país? ¿Hubo uno o varios factores determinantes?
Nunca me hubiera ido de la Argentina si no hubiera sido por “La Noche de los Bastones Largos”. En junio del 1966, un golpe militar derrocó al presidente Arturo Illia, que había apoyado la educación y las ciencias. Los militares revocaron ilegalmente la libertad académica que el sistema universitario había tenido desde 1918. La noche del 29 de julio, muchos estudiantes y profesores fueron a la facultad en la calle Perú para defenderla, y el decano Rolando García nos previno que la Policía Federal iba a venir y que podría ser muy violenta. A mí me dio mucho miedo, así que salí de la facultad y volví a mi casa antes de que llegara la policía, que fue muy brutal. El decano fue golpeado y decidió con sus colegas aceptar las invitaciones de Chile, Uruguay, Venezuela y otros países latinos de dar trabajo a los profesores que habían renunciado. Muchos estudiantes y profesores que se fueron se hicieron luego muy famosos en Estados Unidos y en Europa. Rolando García me aconsejó que fuera al MIT y estudiara con Jule Charney, a quien me recomendó como alumna. Si no hubiera sido por La Noche De los Bastones Largos y la dictadura militar, yo no me hubiera ido de la Argentina. Planeaba regresar cuando volviera la democracia, pero dada la próxima dictadura militar y las desapariciones, incluyendo muchos estudiantes de la facultad, no quise volver después de eso.

¿Cómo fue la experiencia en el MIT y ser la primera mujer en cursar un doctorado en Meteorología en dicha institución? 
Me acuerdo que en la FCEN, en Argentina, alrededor del 30 % de los alumnos eran mujeres, así que me imaginé que en el MIT, en Estados Unidos, un país mucho más rico y avanzado, serían más o menos la mitad. Pero para mi gran sorpresa, fui la primera estudiante mujer que obtuvo un doctorado en Meteorología, y también la primera mujer seleccionada como profesora en la misma disciplina del MIT. También, en esa época, en el Instituto de Cálculo de la UBA, la profesora de Matemática Rebeca Cherep de Guber era la secretaria ejecutiva, y dirigió la instalación y desarrollo de Clementina, ¡y tenía asistentes que eran hombres! Similarmente, la jefa de programación que dirigía la aplicación de Clementina era una mujer, Cecilia Berdichevsky, y también tenía como asistentes a varios hombres. Esta situación era imposible de imaginar en Estados Unidos en esa época. Además, el primer lenguaje de computación en la Argentina fue escrito por mujeres. Argentina estaba mucho más adelantada con respecto a los derechos de las mujeres.
Creo que Argentina era mucho más avanzada que los Estados Unidos en el tema de educación de los estudiantes. En Buenos Aires, en general nos ayudábamos los unos a los otros en estudiar y entender los materiales para que todos saliéramos bien en los exámenes. En contraste, me sorprendió ver que en MIT los estudiantes eran más competitivos y no se ayudaban entre sí.
Además de ser la primera mujer estudiante, fui también la primera estudiante que quedó embarazada. Tenía miedo de que los profesores se enojaran conmigo porque yo ya había sido becada dos años como estudiante. Fui a almorzar con Norman Phillips, un profesor muy famoso, y decidí contarle. Se quedó callado por unos minutos y después me dijo: “Entonces, desde ahora vas a ser creativa de dos maneras diferentes”, lo que fue increíblemente reconfortante para mí.

Luego trabajó en la NASA y más adelante en el Servicio Meteorológico de Estados Unidos, en cargos altos en ambos lugares. ¿Cómo fueron ambas experiencias?
Trabajé en la NASA, en el Centro de vuelo espacial Goddard, bajo la dirección del Dr. Milton Halem, quien fue mi mentor y generosamente me enseñó lo que debía aprender para dirigir la sección de pronóstico numérico. Él me invitó a que trabajara el nuevo modelo global (de cuarto orden) que yo le había propuesto pensando que sería más eficiente.
Ahí desarrollé un modelo atmosférico global de cuarto orden (y no de segundo, como se usaba en esa época). Yo tenía la esperanza de que el nuevo modelo fuera no solo más rápido sino también más correcto que el modelo de Arakawa. Como esperaba, resultó ser más preciso en los pronósticos, pero también más eficiente: era unas dos veces más rápido que el de Arakawa.
Después, me fui a la NOAA, donde me invitaron a dirigir el grupo que desarrollaba las mejoras en los modelos usados para el pronóstico operacional. El modelo de cuarto orden fue luego usado por la NASA durante 10 años para testear el impacto de observaciones de satélites en ambos hemisferios y para experimentos de pronóstico.

Desde que surgieron los primeros modelos numéricos hasta el día de hoy, han tenido avances a pasos agigantados, pero sabemos que todavía falta. ¿Qué es lo que se necesita para mejorarlos aún más? 
Creo que lo más importante en este momento es agregar la asimilación de observaciones en la superficie de los océanos, de manera que se incorporen todas las observaciones posibles sobre las superficies terrestres, marítimas y de la atmósfera que son accesibles.

¿Qué momentos de su carrera recuerda con especial afecto? ¿Por qué?
Recuerdo con especial afecto a mis profesores, compañeros, y amigos en la facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Tuve la suerte de tener profesores (y especialmente profesoras, quienes eran la mayoría en Meteorología), incluyendo al increíble Rolando García. Me siento especialmente agradecida a la Argentina por haberme dado una educación científica excelente y completamente gratuita. En contraste, en Estados Unidos, los alumnos reciben una buena educación, pero cuyo costo es enorme y crece más con el tiempo, de manera que resulta demasiado cara para muchos, y así los estudiantes terminan de graduarse con una deuda enorme que tienen que pagar por el resto de sus vidas. Es difícil para mí entender cómo el gobierno de los Estados Unidos puede permitir que se cargue a los estudiantes jóvenes con deudas enormes que los castigan simplemente por haber estudiado. Esto no ocurre en Argentina, ni en países de Europa, como, por ejemplo, Alemania.

Si bien emigró muy joven, ¿extraña algo de nuestro país?
¡Sí, por supuesto! Lo extraño mucho: incluyendo los bifes, y especialmente el compañerismo y la ayuda mutua entre los estudiantes, los profesores y los colegas científicos.

En el 2009 recibió el Premio de la Organización Meteorológica Mundial, ¿cómo se sintió al recibir el galardón?
Recibí en 2009 el premio de la OMM, el más alto que hay en meteorología. Por supuesto, me dio gran alegría, y con esa alegría le dediqué el premio al Dr. Rolando García, a quien Jule Charney identificó como la persona más responsable del enorme éxito que el programa de FGGE (First GARP Global Experiment, Primer Experimento de Pronósticos del tiempo) había tenido en el mundo entero, y a quien tuve el honor de tener como profesor en Argentina y en el Uruguay, donde nos acogieron muy generosamente. En mi conferencia al aceptar el premio, propuse por primera vez la necesidad de incluir al sistema humano en los modelos del sistema de la Tierra, debido a que los impactos de los humanos ahora dominan los procesos físicos del planeta.

¿En qué está trabajando actualmente?
Además de trabajar en asimilar los datos de los océanos, con mi ex alumno (Dr. Safa Motesharrei), y otros colegas y estudiantes, estamos estudiando el impacto que el sistema humano tiene sobre el sistema terrestre. Este impacto aumenta rápidamente, afectando el cambio de clima y muchas otras cosas. Nuestro primer modelo del sistema acoplado de los seres humanos y la naturaleza fue publicado con el nombre HANDY (Human And Nature DYnamics) y ha tenido mucha publicidad.

¿Qué les diría a los jóvenes que hoy piensan en estudiar Meteorología, pero no saben si van a tener un campo amplio de investigación o qué aporte pueden llegar a hacer en esta rama de la ciencia?
Les diría que se animen a estudiar Meteorología y la ciencia climática, ya que es una disciplina sobre la cual nunca se van a encontrar con alguien que les pregunte: “¿Y esto para qué sirve?”. Todo el mundo sabe que es una ciencia extraordinariamente útil, ya que permite hacer pronósticos del tiempo, y que con el pasar de los años los mismos se hacen cada vez más precisos. Similarmente, con el cambio de clima que los seres humanos están causando, la climatología se va a hacer más importante. Estas dos ciencias podrían ayudar, por ejemplo, a aumentar la producción agrícola o prepararnos para eventos extremos climáticos o del tiempo.