Ocasional caída de granizo | Servicio Meteorologico Nacional.

Ocasional caída de granizo

Como ocurre con los grandes acontecimientos de la humanidad, muchas personas aún recuerdan qué estaban haciendo en ese momento de la historia. Seguro te acordás dónde estabas cuando Argentina ganó la final del mundial ´86 o qué hacías en la tarde del 26 de julio del 2006.

Autor: Cindy Fernández




Existen momentos que marcan un antes y un después en la vida. Para la mayoría de las personas, estos momentos pueden ser el nacimiento de un hijo, el día que conocieron a esa persona o cuando lograron cumplir un sueño. Pero para los que nos dedicamos a la comunicación de la meteorología, sin duda ese punto de inflexión lo podemos situar el 26 de julio de 2006. Definitivamente, ese es el día que, para bien o para mal, lo cambió todo.

De alguna manera, el pronóstico y los cambios del tiempo siempre estuvieron presentes en los medios de comunicación, pero hasta ese año lejos se encontraban de tener el peso y el espacio mediático de hoy. Con suerte, a las primeras horas de la mañana se le destinaba un espacio de escasos minutos a algún profesional que informaba, de manera muy generalizada, algún dato del tiempo. ¿Y los alertas? Solo se comunicaban si no había otras noticias más interesantes.

Con esto no queremos decir que la meteorología antes no era importante, solo que había una idea generalizada entre la población de que “el clima” era algo que solo le interesaba a los del campo, porque en la ciudad no pasaba nada. Y, como se imaginarán, esa idea cambió radicalmente a partir del mencionado día y, afortunadamente para todos, la meteorología dejó de estar en un segundo plano en los medios de comunicación.

Dios está en todos lados pero atiende en Buenos Aires
El hecho en cuestión afectó casi exclusivamente a la ciudad de Buenos Aires y a algunos de los barrios del Gran Buenos Aires. Que la tormenta haya impactado en la zona de la capital nacional posiblemente sea un factor que hizo que el fenómeno sea tan recordado, ya que anteriormente habían sucedido eventos similares en otras ciudades, pero que no tuvieron una cobertura periodística del mismo nivel.

El día anterior a esta tormenta, el martes 25 de julio, ya se sentía un ambiente que poco tenía que ver con la época del año. La temperatura de la tarde superaba levemente los 17 °C y el punto de rocío estaba en los 15 °C, lo que evidenciaba una atmósfera baja muy húmeda. Mientras tanto, un frente de aire cálido y húmedo se desplazaba hacia el norte de la provincia de Buenos Aires.

La mañana del miércoles comenzó como cualquier otra en la ciudad de la furia, pero la noche fue bastante templada para ser invierno y se notaba ese “ambiente enrarecido” que antecede al cambio de tiempo. Por si quedaba alguna duda, el pronóstico para ese día anunciaba tormentas en la tarde. La confirmación definitiva de que algo se estaba cocinando se produjo a media mañana, cuando el globosonda lanzado desde el aeropuerto de Ezeiza mostró que la atmósfera tenía los ingredientes y la energía suficiente para generar fenómenos dañinos, como granizo y ráfagas. Estos datos fueron determinantes para que, antes del mediodía, toda la región comenzara a estar bajo alerta.

Pocos minutos antes de las cuatro de la tarde, el cielo se oscureció y todo se volvió un caos. No era la primera vez que caía granizo, pero nunca se había registrado en una zona tan poblada de nuestro país un fenómeno de la intensidad, la extensión y el tamaño que tuvo el de ese día. La gente corría, los autos estaban fuera de control mientras iban a toda velocidad buscando un techo para refugiarse, las ventanas estallaban y había vidrios por todos lados. Fueron 30 minutos de desesperación que quedaron marcados en la memoria de miles de porteños.

Según los reportes en los periódicos días después, hubo más de 7 mil taxis con rotura total de vidrios y lunetas, y más de 29 mil reportaron abolladuras. El Jardín Botánico perdió más de 2 mil cristales de su cúpula e invernadero, miles de luminarias debieron ser reemplazadas y las señales de televisión dejaron de emitirse. Al menos unas 10 personas fueron atendidas en los hospitales por heridas relacionadas con el granizo.

Desesperados, los medios comenzaron a llamar a meteorólogos, agrónomos, aficionados y a cualquier persona que se animara a pararse frente a una cámara para decir si se iba a volver a repetir otra tormenta igual. Y a pesar de que hubo alrededor de 5 horas entre que se emitió el alerta y ocurrió la tormenta, la pregunta de “por qué no se había avisado” se repetía en cada entrevista.

Hasta ese momento de la historia, para la mayor parte de la sociedad los alertas estaban lejos de tener un carácter preventivo. Los medios casi nunca los informaban antes de que ocurriera el evento, sino que los mencionaban cuando salían a cubrir los daños y zonas afectadas. Si hay algo que quedó en evidencia con esta situación es que la naturaleza es implacable y, también, que era necesario un cambio urgente en la comunicación meteorológica.

El que se quema con leche, ve la vaca y llora
Aún hoy, cuando ya pasaron más de 15 años desde ese día, si se menciona la frase “el día del granizo”, no hace falta aclarar de qué fecha ni de qué granizo se está hablando. Y no es para menos: desde ese momento somos conscientes de lo vulnerables que somos ante la madre naturaleza. Durante semanas, todas las conversaciones eran en torno a las palabras alerta, granizo y póliza de seguro -que aumentaron entre el 70 y el 150 % en pocos días-. Así de expuestos nos sentíamos.

De manera abrupta, el espacio destinado al pronóstico y los alertas tomó protagonismo. La manera en que la gente percibía la meteorología había cambiado, y la demanda de información obligó a los canales de televisión y a las radios a incorporar profesionales que pudieran responder las consultas sobre el tema. Las tormentas dejaron de ser una simple nube con agua para ser interpretadas como una amenaza. Y durante años, nada generó más alarma entre la población que la frase “ocasional caída de granizo”.

 


El inefable

En 2022 se estrenó la primera película de cine catástrofe realizada en Argentina, Granizo. La historia cuenta cómo la larga racha de 20 años de Miguel “el infalible” Flores, el meteorólogo más famoso del país, llega a su fin con su incapacidad de predecir la granizada. No se puede negar que la trama tiene ciertas similitudes con lo que se vivió y sintió ese 26 de julio del 2006.