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Tierra de nadie y para todos

La Antártida se mantiene como un territorio único y con un potencial que trasciende las fronteras nacionales. Sus condiciones extremas y su riqueza natural han llevado a la cooperación internacional en busca de la paz, la ciencia y la preservación ambiental. ¿Cómo fue que el continente blanco se convirtió en un lugar para la humanidad?

Autor: Cindy Fernández




La Antártida, ese territorio extremo que siempre despierta una gran fascinación en cada uno de nosotros. Tal vez se deba a que representa uno de los últimos reductos prácticamente deshabitados en el mundo. Las bajas temperaturas, los fuertes vientos y la infinita blancura convierten a esta región en una zona inhóspita y uno de los lugares más hostiles para la vida.
Sin embargo, si hay algo que sabemos hacer los seres humanos es adaptarnos y buscar nuevas tierras y más recursos. Basta mencionar algunas hazañas, como las capacidades de los Inuit, también conocidos como esquimales, que tradicionalmente habitan regiones de Alaska, Canadá, Groenlandia y Siberia. O los beduinos, que viven en Medio Oriente, como los desiertos del Sahara, del Sinaí y de Arabia. Quién sabe, tal vez algunos de nosotros incluso lleguemos a presenciar la primera civilización en habitar un nuevo planeta. 
En ciertas regiones de la Antártida, las temperaturas pueden descender por debajo de los -80 °C, los vientos superan los 300 km/h y las precipitaciones apenas alcanzan los 200 mm anuales. Sin duda, el continente blanco es uno de los desiertos más peligrosos del mundo, donde las condiciones meteorológicas pueden cambiar drásticamente en cuestión de segundos.
Pero volvamos al tema principal de esta revista. Con su vasta y extensa superficie, el continente antártico alberga una diversidad única de recursos naturales y contiene el 70 % del agua dulce del planeta. Sin embargo, a diferencia de otros continentes, la Antártida no ha sido objeto de ocupación colonial en el sentido tradicional de la palabra, aunque ha habido algunos intentos.

Terra Australis Incognita
Los primeros registros del descubrimiento de la Antártida datan de 1603, cuando el explorador español Gabriel de Castilla divisó unas islas, tal vez las Shetland del Sur. Nadie podía imaginar que existiría un sexto continente desconocido, pero la búsqueda de nuevas rutas comerciales llevó a los barcos cada vez más al sur, hacia lo que los mapas mostraban como Terra Australis Incognita, y poco a poco fueron apareciendo tierras montañosas cubiertas de nieve en el horizonte.
Y aunque uno pensaría que este descubrimiento sería emocionante y que todos se lanzarían de cabeza hacia estas nuevas tierras, la realidad fue muy diferente. Entre los siglos XIV y XV, el mundo estaba ocupado con la colonización de las Américas y las regiones de África, por lo que pasaron siglos para que este territorio llamara la atención.
Aún no se sabe quién fue el primero en poner pie en este nuevo continente, pero una vez que se hizo, quedó claro que no era sólo un océano helado, sino que había tierra firme. Así que la Antártida comenzó a atraer la atención de las grandes potencias. ¡Había un continente nuevo a pocos kilómetros de Argentina! Esto abrió numerosas oportunidades y así comenzó la lucha por colonizar el territorio. No importaba que fuera un desierto, era una puerta para demostrar el poder a otros países, aprovechar su riqueza, construir nuevos héroes nacionales que llevaran a cabo estas audacias y arrasar en términos propagandísticos…

 
Con rumbo hacia el sur
A finales del siglo XIX, Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y otras grandes potencias anhelaban reclamar parte de esta nueva y vacía tierra. Por la gloria, el honor y para ser protagonistas en los periódicos de todo el mundo. Pero el desafío era enorme.
En aquel entonces, la conquista de un territorio no terminaba con el desembarco. Era necesario plantar la bandera del país correspondiente, pronunciar las palabras adecuadas, como "Yo, Fulano de tal, coloco esta bandera y declaro estos territorios bajo la corona de..." y luego regresar victorioso a casa para contarlo. Era una hazaña que implicaba enfrentarse a numerosas complicaciones durante meses.
El apogeo de estas exploraciones llegó en 1895, cuando el Congreso Internacional de Geografía estableció la exploración de la Antártida como máxima prioridad. Aunque aún se desconocían muchos detalles, la ciencia ya se imaginaba los innumerables descubrimientos que este continente podría traer.
Ya son 400 años de exploraciones y descubrimientos, de vidas arriesgadas, de hazañas, y viajes eternos. Pero recién en 1946, Estados Unidos, que hasta entonces se había mantenido alejado de la fiebre antártica, logró obtener el reconocimiento geográfico completo del continente gracias a la operación Highjump, en la que 5 mil hombres, militares y científicos, fotografiaron desde aviones y recorrieron todo el continente. Claro que esto no fue gratuito, ya que posteriormente les permitió reclamar territorios.
 
Tuya, mía… nuestra
Después de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron los reclamos de tierras antárticas. Los primeros en hacerlo, argumentando su cercanía, fueron Argentina y Chile. Australia y Nueva Zelanda no se quedaron atrás y presentaron las mismas pretensiones. Pero los pioneros en explorar estas tierras, como Inglaterra y Noruega, también reclamaron su porción. Luego se sumó Francia y, más tarde, Rusia.
El problema era que la división territorial no podía ser infinita y muchas reclamaciones se superponían, lo que aumentaba las tensiones. ¿Quién se adueñaría de este único continente sin dueño? Una vez más, la maravillosa raza humana fue capaz de dejar de lado las ambiciones personales y sorprender a todos. En lugar de desencadenar un conflicto político o bélico lleno de muerte y espionaje internacional, optaron por el bien común: la Antártida sería un continente de y para todos.
Autor: Francisco Quarin
 
Paz, ciencia y cooperación: los pilares del Tratado Antártico
Durante la celebración del Año Geofísico Internacional en 1957, el presidente estadounidense, Dwight D. Eisenhower, convocó a una Conferencia Antártica con los doce países activos en la Antártida para llegar a un acuerdo y firmar un tratado. Aunque pasaron años de idas y vueltas, y de textos que no lograban convencer por unanimidad, había algo en lo que todos estaban de acuerdo: la libertad de investigación científica en la Antártida, el uso pacífico del continente, su desmilitarización y el mantenimiento del statu quo.
Así fue como, en diciembre de 1959, 12 estados, entre los que se encontraba Argentina, firmaron el Tratado Antártico. Cada país se comprometió a utilizar el continente de manera pacífica, basándose en la cooperación científica internacional, sin renunciar a sus reclamaciones territoriales. Aunque éstas no serían reconocidas, tampoco se les exigiría retirarlas, lo que creó un clima de estabilidad ideal.
Argentina se convirtió en Parte Consultiva del Tratado Antártico desde su entrada en vigor en 1961. Las Partes Consultivas son aquellos países que han demostrado interés en la Antártida a través de la realización de investigaciones científicas importantes, ya sea mediante la apertura de una estación o la ejecución de una expedición al continente.
Además, quedaba asentada la prohibición de toda medida de carácter militar, excepto para colaborar con las investigaciones científicas. Y, para mantener la paz y la tranquilidad, quedaron prohibidos los ensayos de cualquier clase de arma (los países implicados tienen completa libertad para examinar los equipos de otras naciones). La firma de este tratado aseguró la libre disponibilidad y el intercambio de información sobre proyectos científicos en la Antártida, así como el acceso a los datos y resultados científicos.
Hasta 1991, el Tratado Antártico funcionó con una secretaría no permanente que rotaba de acuerdo con las reuniones consultivas. Después de casi 10 años de intensas negociaciones, se logró un Acuerdo de Sede para la instalación de la Secretaría Permanente del Tratado Antártico en Buenos Aires, que se inauguró el 7 de septiembre de 2004.
En la actualidad, 54 países suscriben este pacto internacional, lo que ha dado lugar al Sistema del Tratado Antártico. Esto incluye un conjunto de normas, convenios y acuerdos derivados del texto original del tratado, entre los que se destaca la Convención sobre la Conservación de las Focas Antárticas (1972), la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (1980) y el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente y sus Anexos (conocido como "Protocolo de Madrid" de 1991).
Con este compromiso de cooperación, la humanidad logró mantener la paz en la región, preservar su frágil ecosistema y fomentar la investigación y el intercambio de información en pos del conocimiento científico. En este vasto continente blanco, todos y cada uno de nosotros encontró un lugar donde la ciencia se une para develar los secretos del pasado, comprender el presente y forjar un futuro sostenible. La Antártida es un símbolo de esperanza y un recordatorio de que, a pesar de nuestras diferencias y desafíos, tenemos la capacidad de unirnos en busca de un objetivo común: proteger y preservar nuestro planeta y sus maravillas, para las generaciones venideras y para el bienestar de toda la humanidad.



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