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Un mensaje desde el confín del mundo

Durante más de dos décadas, los argentinos que se aventuraban a la Antártida quedaban completamente aislados, en un lugar frío, hostil y solitario. La historia cambió una noche de marzo de 1927, durante una expedición liderada por Juan Manuel Moneta, que logró tender un puente de palabras que ya nunca más se rompería.

Autor: Mariela De Diego



Desde que Argentina se instaló de forma permanente en Antártida -aquel emblemático febrero de 1904- hasta que se estableció el primer contacto con el continente, pasaron más de 23 años de silencio total.

Por aquel entonces, partir rumbo a la Antártida era en verdad una aventura de final incierto. El entorno gélido y hostil ponía a prueba el carácter, la fortaleza física, la sociabilidad, la resiliencia. Sin médicos en las expediciones, y sin ninguna comunicación con el resto del mundo, el arrepentimiento, la debilidad o la cobardía no eran alternativas. El mejor final posible era la llegada de la dotación de relevo, una promesa posdatada a algún momento del tiempo, un año -eterno- después.

Por eso, la literatura antártica de nuestro país reserva un capítulo aparte para aquel marzo  de 1927, que marcó un hito en la historia, y el final, después de más de 20 años, del aislamiento antártico.

Fue en el archipiélago Orcadas del Sur, a más de mil kilómetros al sur de Tierra del Fuego. A inicios de mes, se había instalado una expedición de seis hombres, a cargo de Juan Manuel Moneta, por entonces técnico del Servicio Meteorológico Nacional y pionero en las expediciones argentinas a la Antártida. A su mando, estaban Miguel Ángel Jaramillo, Pedro Martín Casariego, Luis Fallico y Conrado Becker.

El sexto integrante de la dotación era Emilio Baldoni, suboficial del ejército y radioaficionado, que había llevado un equipo de transmisión para instalar en la estación Orcadas e intentar establecer algún tipo de comunicación con alguien, con cualquiera que pudiera escucharlos. Moneta ya lo había intentado en su expedición anterior, en 1925, sin ningún éxito. Así que nadie, ni siquiera Baldoni, sabía a ciencia cierta si era físicamente posible lograrlo. Estaban demasiado lejos, y el clima era demasiado hostil. 

Una vez instalados, para mediados de marzo comenzaron los intentos de comunicación. Todos los días, Baldoni emitía mensajes al éter: “CQ… CQ…CQ… LRT … LRT … LRT… Orcadas, Orcadas, Orcadas”. 

En las abreviaturas internacionales del lenguaje radial, CQ es una llamada general a cualquiera que esté escuchando, y remite a la expresión en inglés “seek you”. LRT refiere a la sigla de identificación de una estación de radio. Por regulación internacional, cada mensaje debe repetirse tres veces. De ahí el triple CQ, el triple LRT y el triple Orcadas. Pero en respuesta, Baldoni recibía silencio.

Mientras tanto, el resto de la dotación mantenía la estricta rutina diaria de mantenimiento de la estación, y por supuesto, de observación y registro de las variables meteorológicas: velocidad y dirección del viento, temperatura, presión, humedad, nubosidad. Los datos se anotaban de puño y letra en planillas diarias de papel, que algún día viajarían al continente, en barco.  

Luego de 11 noches de expectativas truncas, Baldoni ya estaba por abandonar la empresa. Pero el grupo siguió alentándolo. La noche del 30 de marzo de 1927, el telegrafista volvió a emitir su mensaje al éter: Orcadas, Orcadas, Orcadas.

Esta vez el resultado fue distinto. El silencio redondo y perfecto del habitáculo se quebró con un sonido que jamás se había escuchado en esas latitudes: la vibración del receptor del  equipo, que de pronto comenzó a dibujar los puntos y rayas del código morse: “LRT … LRT … LRT de LIK... LIK... LIK.” 

LIK era la estación de radio de Ushuaia. El puente, por fin, era un puente. "¡Nos llaman de Ushuaia!", gritaron los seis hombres al mismo tiempo.

Desde el otro lado de la línea siguieron hablando: "Los escucho muy bien. Hace una semana que estoy oyendo sus llamados y les contesto. El personal de esta estación de radio desea que todos ustedes se encuentren bien. Esperamos todo su trabajo. Déme los mensajes que tengan, los retransmitiré enseguida. Los espero..."

El jefe de la expedición inmediatamente tomó los formularios de telegramas y escribió un mensaje al presidente, a los ministros de Agricultura y de Marina y al director general de meteorología, de quien dependían.

Para celebrar, Moneta descorchó una botella de champaña, sirvió las copas y levantó la suya: "Muchachos, ya tenemos comunicación con el continente y este éxito se debe a todos por igual. Ya no estamos todos solos, arriba todos, ¡y viva la Patria!", celebró.

Al día siguiente, Baldoni recibió cinco nuevos despachos: el primero fue del entonces presidente Marcelo Torcuato de Alvear, y las respuestas oficiales de las autoridades.

Pero la comunicación más importante, la que todos estaban esperando, solamente decía: “Moneta, Jefe de Expedición. Islas Orcadas. Familias de todos bien, Enrique G. Plate. Director Meteorología”.

Los detalles de esa noche, de esa expedición, de las anteriores y de las siguientes, quedaron inmortalizados en el libro Cuatro años en Orcadas del Sur, en el que Juan Manuel Moneta comparte las peripecias y los logros -como este- de sus expediciones antárticas.

En esa obra, que ya es un clásico de la literatura antártica, Moneta describe la noche del 24 de mayo de ese año, en las vísperas del aniversario de la independencia argentina, cuando sonó el himno nacional.

“De improviso sonaron unas notas graves que hirieron los oídos y saltamos de los asientos para ponernos de pie. Era el himno de la patria lejana que nos llegaba del norte, de cuatro mil kilómetros. Nosotros, allí en el sur, bloqueados por los hielos, lo escuchábamos de pie. Vi que los ojos de Casariego se empañaban por las lágrimas, y cuando miré a Fallico y a Baldoni, estaban profundamente emocionados. Los labios de Jaramillo se agitaban como queriendo decir algo y me di cuenta que quería entonar las estrofas del himno patrio, hasta que, sobreponiéndose a la turbación de su alma, dejó oír su cálida voz de tenor”, narra Moneta. “Todos de pie, inmóviles, lo seguimos y a no dudarlo debió ser extraño el grupo que formábamos coreando aquella canción, cuya música nos llegaba en alas del éter”, concluye.

A partir de esa histórica expedición, los datos del tiempo se empezaron a transmitir por telégrafo, desde Ushuaia a Buenos Aires, para que fueran usados en los pronósticos y comenzaran a integrar los registros climáticos del continente blanco. A partir de ese momento se sostuvieron, también, junto a la presencia soberana argentina, las comunicaciones, telegráficas primero y telefónicas después.

Con el correr de los años, todas las tecnologías fueron llegando a la Antártida. Radio, televisión, internet, comunicación satelital, telefonía celular, 4G. Los antárticos que hoy se aventuran en las campañas llevan el alivio de saber que podrán ver a sus seres queridos a través de una pantalla, informarse de lo que pasa en el mundo, y pedir ayuda si lo necesitan. Cosas que hoy parecen mundanas, pero cuya ausencia, hace un siglo, ponía en blanco sobre negro el coraje y la templanza de quienes se embarcaban a una Antártida helada, inhóspita y desconectada del mundo.


 



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